Una nueva encrucijada

2/09/2021

  • Este artículo ha sido escrito por D. José Miguel Guerrero, presidente de CONFEMETAL, para el Anuario del alquiler de maquinaria y equipos en España 2021.

Veinticinco años, un cuarto de siglo, es un período de tiempo suficientemente largo para hacer un balance, esquivando la urgencia para situarse más en el terreno de la reflexión y el análisis que permitan sacar conclusiones y enseñanzas para el presente y el futuro.

En el caso de la Industria, el Comercio y los Servicios del Metal que engloba y representa Confemetal, como en el conjunto de la economía española, en los últimos veinticinco años ha pasado por ciclos de crecimiento, de crisis y de estancamiento. En conjunto, luces y sombras, pero indudablemente más de las primeras, aunque la actual situación de gravísima crisis cuyo detonante ha sido el coronavirus, empuje ahora hacia el pesimismo.

Hace un cuarto de siglo, asentados ya en la Unión Europea, disfrutábamos del final de un periodo de crecimiento que, catalizado años antes por los grandes acontecimientos de 1992 y por un espectacular esfuerzo inversor en infraestructuras, nos estaba permitiendo equipararnos con nuestros socios continentales.

Sin embargo, comenzaba a notarse la resaca de todo ello y se registraban los primeros indicios de un proceso que nos sumiría en el estancamiento. Ese parón comenzó a remontarse a partir del significativo esfuerzo realizado por todos los sectores, muy especialmente el industrial, para reducir desequilibrios y aumentar la competitividad de nuestra economía.

El impulso nos llevó, contra la mayoría de los pronósticos e incluso de las evidencias, a entrar en la Unión Monetaria y a instalarnos en un círculo económico virtuoso, casi un sueño, del que despertamos abruptamente en 2008.

Desde entonces y hasta 2012, nuestra economía pasó el peor periodo de las últimas décadas, con el empleo, la producción, el consumo público y privado o la formación bruta de capital fijo, registrando las marcas más negativas de nuestra historia económica hasta entonces.

A partir de ese punto, comenzó la recuperación, en un movimiento uniformemente acelerado pero lento, que consiguió restablecer, en buena medida, los niveles previos a la crisis.

Afianzada la idea de la recuperación económica y del empleo, desde 2015, se profundizó en un proceso de consolidación y reformas que permitieron incrementar la competitividad de nuestra economía, sus capacidades de generar actividad y empleo y, con todo ello, afianzar el futuro de nuestro estado del bienestar.

Cuando a finales de 2019 ya se empezaba a notar la fatiga en ese proceso de reducción de costes de todo tipo, de fomento de la actividad, a través de la innovación, la formación y la internacionalización, y de mejora de las vías de financiación, un acontecimiento global pero no económico, la crisis sanitaria provocada por el coronavirus, vino a colocar a la economía española ante la que es la mayor encrucijada de su historia reciente.

El año 2020, se ha cerrado con la desaparición de unas 105.000 empresas, otras 225,000 que, según el Banco de España, son ya “sociedades zombies” y la caída del 14,2 por ciento de la facturación.

En el terreno socio-laboral se han alcanzado los 4 millones de desempleados y los 900.000 trabajadores acogidos a ERTE, mientras el alcance del ingreso mínimo vital es, a todas luces, insuficiente. En paralelo, se acerca inexorablemente el fin de las moratorias para los créditos ICO, los concursos de acreedores y los propios ERTE.

Así las cosas, la reactivación de la economía y el empleo, va a depender de la aceleración y extensión del proceso de vacunación y de la llegada, primero, y de la correcta distribución y aplicación, después, de los fondos de Recuperación y Resiliencia.

Pero “aguas económicas abajo”, el camino más rápido y seguro que se ofrece para salvar la encrucijada pasa, inexorablemente, por el tejido empresarial, centro de la actividad económica, motor de la productividad, de la creación de riqueza y del progreso de una sociedad.

En la actual situación, impulsar la competitividad es la primera exigencia de las empresas para contribuir al crecimiento de la economía y del bienestar del conjunto de la sociedad.

Para ello, las empresas necesitan certidumbres, previsibilidad, estabilidad y responsabilidad en todos los ámbitos, muy especialmente en el político, para que se cree un escenario que favorezca la eficiencia, la innovación, la cualificación y la formación del personal, la calidad, la mejora de la capacidad de ahorro, la inversión productiva y el fomento de la iniciativa empresarial.

Se trata en definitiva de mejorar la productividad y la competitividad del conjunto de nuestra economía. En ello nos va el futuro.